PENSANDO EN EL ESPÍRITU

Por Fausto Izcaray

            Con frecuencia me he preguntado si puedo serles útil a mis congéneres compartiendo mis reflexiones y experiencias, en estos ya largos años de mi vida. No pretendo, por supuesto, que se dé por sentado una respuesta afirmativa a esta interrogante. Mas algo dentro de mí me impulsa a hacerlo, con la mayor sinceridad

que pueda ser posible en mi grado de desarrollo espiritual, y con las naturales limitaciones que la condición de humano me impone. No por ello desecho o descalifico  la cualidad del humano de ser hecho “a imagen y semejanza de Dios”, como afirman las escrituras.  De hecho, esta afirmación de la Biblia ofrece la oportunidad de presentar este escrito-reflexión, el cual se refiere a esa cualidad divina del ser humano.

El siguiente segmento es un escrito cuyo autor es el Maestro Eckhart, nacido en Hocheim, Turingia, místico neoplatónico declarado “hereje post mortem”, a pesar de haber declarado que podría haber cometido un error, “porque el error depende de nuestra comprensión, pero la herejía lo es de la voluntad”. Su sencillez a lo Francisco de Asís no le salvó de esa declaratoria infame de los inquisidores.

     “El hombre exterior es el mal árbol que nunca puede dar buenos frutos…. La semilla de Dios está en nosotros. Si encontrara siempre un cultivador hábil y un jardinero diligente, crecería mucho mejor y subiría hasta Dios, del que es su semilla, y su fruto se convertiría igualmente en una naturaleza de Dios….

“Pero si la semilla encuentra a un sembrador y un cultivador locos y malos, la cizaña se mezcla allí, cubriendo y ahogando a la buena semilla, de tal manera que ésta no puede ver el día ni llegar a la madurez.”[1]

            Mis reflexiones: ¿significa esto que no hay capacidad de rectificar en un ser humano con malos sembrador y cultivador? ¿Cómo debemos hacer para lograr cambiar nuestro mal camino? Eckhart responde a esto citando al maestro Orígenes, uno de los padres de la iglesia católica. “Pero Orígenes, un gran doctor, nos dice: como es el mismo Dios el que ha sembrado en nosotros esa semilla, el que la ha impreso en nosotros y la ha vuelto connatural a nosotros, por mucho que se la cubra o esconda, no se llegará nunca a destruirla totalmente ni a apagarla; ella continúa ardiendo y brillando, sin cesar luciendo y resplandeciendo y tiende siempre a elevarse a hacia Dios”.

¡Que así sea!


[1] Maestro Eckhart (1998). Obras Escogidas. Barceló, España: Ed. Publisamo. P. 22 y 23.

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